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Escultor Juan de Villanueva y Barbales

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Nacido en La Pola de Siero a finales del siglo XVII, Juan de Villanueva y Barbales comenzó su formación como escultor junto a su padre, Domingo, cuya actividad profesional hay que vincular al campo del trabajo de la madera (bien pudo ser entallador o carpintero).
Sin embargo, tras fallecer su progenitor, en 1695, y siendo Juan aún aprendiz de su oficio, se trasladó a Oviedo, donde alcanzó la oficialía (segundo grado en la carrera artística de la época) en el taller del maestro Antonio Borja, uno de los más destacados escultores del período barroco en Asturias. Hacia 1700, Juan de Villanueva emprendió viaje hacia Madrid, y allí se incorporó al obrador de otro escultor, el vallisoletano Pedro Alonso de los Ríos. Tras unos pocos años de trabajo junto a este artista, Villanueva obtuvo ya el título de maestro de escultura y comenzó su andadura profesional en solitario, alcanzando una gran fama entre los maestros afincados en la corte y teniendo por clientes a las principales órdenes religiosas asentadas en la capital del reino, a acaudalados particulares e incluso a la propia Casa Real, prueba evidente de que no fue poco el prestigio y estima de que gozó su arte entre sus contemporáneos. Desde ese año de 1700 toda la vida de Juan de Villanueva transcurrió en Madrid, donde se casó; donde nacieron todos sus hijos (dos de ellos, Diego y Juan, fueron conocidos artistas a finales del siglo XVIII ,el primero como teórico de la arquitectura y el segundo, como arquitecto, a quien se deben, entre otras obras, el edificio que hoy alberga el Museo Nacional del Prado); donde mantuvo abierto su taller durante casi sesenta años y donde se implicó en los debates intelectuales más destacados de su tiempo. Entre estos ha de mencionarse su activa participación en la fundación de la Academia de Bellas Artes de San Fernando, de la que fue nombrado director honorario en 1752, año de su inauguración. Fue esa la recompensa a su largo compromiso con la mejora de la formación de los artistas, pues ya en 1709-1710 había organizado en su casa una modesta academia para fomentar entre sus compañeos escultores y pintores la necesidad de reformar el tipo de aprendizaje que entonces recibían los jóvenes aprendices (igual que el que él mismo había seguido), eminentemente práctico y en el apenas tenía cabida el estudio teórico. 
 Aunque buena parte de su obra conocida y documentada se ha perdido (en la pasada Guerra Civil, o en la Desamortización de 1836), aún se pueden admirar hoy algunas de sus mejores creaciones (dos retablos en el templo madrileño de Las Calatravas, tres esculturas de piedra en la fachada de la iglesia de San Cayetano, también en Madrid, y algunas figuras que realizó para el Palacio Real de Madrid, hoy en la plaza de Oriente, como la que efigia al rey asturiano Don Pelayo).
Inmaculada
Entre ellas brillan con luz propia las esculturas que talló en 1742 para los retablos del transepto de la catedral de Oviedo, y especialmente la figura de la Inmaculada Concepción, hasta ahora obra maestra de su catálogo y excelente ejemplo de lo que fue el barroco dieciochista, estilo en que ha de clasificarse la obra de Villanueva y resultó de combinar una gran delicadeza y elegancia en el rostro y la actitud de la figura, gracias al conocimiento del arte rococó francés y del clasicismo italiano, y una intensa agitación y opulencia en los ropajes que la cubren, heredada del barroco típicamente español, el llamado casticismo.
 

Por Bárbara García Menéndez
Autora de una tesis doctoral sobre El escultor Juan de Villanueva